¿Quieres un cigarro? (De una charla espirituosa)
I
La madrugada en algún bar de Tuxtla Gutiérrez
Sofocante y húmedo, inmerso entre tanto barullo y cuerpos que se escurrían entre sus parejas haciendo del baile una lenta extensión de la lucha de cama, buscaba entre la marea de cuerpos casi desnudos y bañados en sudor alguien que pudiera compartir conmigo un cigarrillo.
Por más que buscaba no veía a alguien con una cajetilla sobre la mesa.
El calor me tenía un poco aturdido.
Una chica se subía la minifalda negra y entregaba su cuerpo de vampira a su compañero que le moldeaba las caderas y las piernas y sumergía su rostro en la marea capilar de un rojo satinado y lustroso.
A mi lado reposaban un par de damas que se besaban con la pasión que sólo las mujeres enamoradas saben retocar sin make up a la perfección.
Una era trigueña con unos rizos pajizos que le bañaban los hombros desnudos. Vestía de blanco y no tenía pudor en mostrar su cuerpo bajo la transparencia de su manta ebria en transpiración de dama.
Tomaba el whisky cual el mejor de los rudos.
La otra estaba vestida de riguroso negro, con botas que le cubrían hasta las rodillas y un extraño tatuaje en el brazo izquierdo. Llevaba el largo cabello negroazulado suelto como un velo que le cubría lo que no alcanzaba a ocultar su vestido.
En el tiempo que estuve en la búsqueda de nicotina, las meninas mandaron a volar a más de 10 mancebos de ánimo varonil y palpitante.
¡Impresionante!
La telepatía celular hizo su algarabía telepática y lo revisé pensando que sería Cindy respondiendo a mi pregunta macabra sobre una sesión de palabras lúdicas que estimularan nuestra imaginación a distancia.
No era.
En realidad se trataba de la señorita Irán que decía que lloraba y lloraba por ver películas de esas que aflojaban el alma.
Compañera de soledad compartida…
Le respondí haciéndole ver que pese a su estado de nostalgia uno podía en peores estados de desolación.
¡Y vaya que no me rindo tan fácil al drama!
Un caballero a mi lado sacó de las pastillas del peace and love y se las pasó de un beso a su dama.
Aún recuerdo las tertulias en casa con Espinaca, cuando hacían un círculo sobre la sala desnuda y se pasaban
la pastilla de lengua en lengua, chico y chica, chico y chico, chica y chica… hasta que todos tenían la lengua azulada y la sonrisa pintada.
El soundtrack de esas noches interminable eran discos de Astrix, Skazi, Sesto Sento y más y más.
Era tan divertido que siempre me sentía como en una sucursal del Frisco 65 en Tuxtla dos mil y no me acuerdo.
Una noche encontré en mi cuarto a un par de mundanas blandiendo sus cuerpos sobre un pobre fulano que ya parecía desmayado.
Con un conpermiso entré a buscar mis zapatos y salí sólo para encontrarme escenas aún más psicodélicas.
Y yo, bendita sea mi carrera… haciendo tarea.
Pero antes de que me salga más del tema, retomemos mi problema en medio de la pandemia de lascivia y ausencia de nicotina.
Le había dicho cuán perdedor estaba esa noche a la compañera de soledad doña Irán y ella en compensación me regaló un poema muy divertido y creativo.
Y yo esperando la respuesta de Cindy y teniendo la callada por respuesta se me vino una letra del maestro
Krahe a la cual adecué a mi situación de fantoche…
“Y yo que fui a rondarle la otra noche a Cindy
la bella, la tortolilla
había ido a escribir con otro por ahí
y yo con mi mensaje lascivo
como un gilipollas, madre
y yo con mi mensaje lascivo
como un gilipo po po po po pollaaaas…”
Un chico me preguntó al oído que si era de “ambiente” y le dije que no, que ya había dejado ese vicio junto con el de joderme a los niños en el cementerio. Mi respuesta un tanto sarcástica hizo que recordara que debía ir a molestar a mi madre que dormía como santa en el cuarto de hotel.
La amable mesera que me había proporcionado una cerveza a la entrada se me aproximó y me preguntó si quería algo más.
-¿Tienes un cigarro?
-Nooooooooo, voy a buscarte uno.
-Por lo pronto otra cerveza.
La pelirroja un par de minutos después me llevó el líquido pero no el tabaco.
¡Infame!
Al menos me invitó la cerveza y una estampilla chistosa de calaveras.
Pusieron una canción de MGMT y los moradores de la bohemia gritaron y se pusieron a bailar con ímpetu.
¡No sabía que tuvieran tantos adeptos!
Una graciosa lluvia de condones cayó sobre nosotros.
Seguro que mucho de por ahí hicieron un uso pertinente de ellos saliendo del bar o incluso, en él.
El calor me debilitaba por más tragos fríos de cerveza que me tomaba.
Lizbeth me mandó un mensaje telepáticocelular para recordarme lo cerdo que era y que para decirme que mi mentirosa calavera debería plañir por toda una eternidad incrustada en las gónadas de Satanás.
Qué bonito… pero ¿y el cigarrillo?
Una fulanilla se aproximó para preguntarme si me conocía…
¡¿Cómo diablos iba a saber si me conocía?!
Le dije que tal vez me había visto en algún comercial de los más buscados por la CIA.
Nuevamente mis respuestas mamarrachas alejaron a la inoportuna compañía, la fulanilla llevó sus amplias carnes a las chicas que se besaban a mi lado y también ellas la mandaron al carajo.
Quizá era una iniciada y su pregunta trascendía más allá de nuestros límites humanos.
“¿Te conozco?”
God save the queen!!!
Ni María Sabina y su familia de setas.
Por los altavoces sonaba Money for nothing de Dire Straits y mi vejiga debía expulsar todo el líquido que mi garganta había deglutido con rabia.
En el baño se escuchaban uno sonidos extraños con voces de fulanos. Supuse que un par de caballeros hacían libre uso de sus pocos agujeros.
El calor me desesperaba más y estaba cansado, afortunadamente encontré una mesa aún con restos de bebidas pero vacía. Sin pensarlo fui a acomodarme en ella recargándome cómodamente sobre la silla.
Comencé a escribir un mensaje de texto cuando una mano se posó sobre mi hombro y al voltear la cabeza veo frente a mí a una chica de cabellos lacios y negros, ojos turquesa, pálida como la nieve y vestida a lo Posh Spice.
Con una voz misteriosa me dijo:
-Hola
-Hola
-Esta mesa está ocupada
-Perdón, pensé que ya estaba libre.
Me estaba levantando con la cara llena de filigrana rojiza cuando sonriente se sentó y me dijo:
-No hay problema, ¿vienes con amigos, amigas, la novia?
-Mis amigos, cuidan a sus hijos, mis amigas se cuidan de no tenerlos y la novia está un poco lejos.
-Vienes solo…
-Ni tan solo, traigo esto...
Le enseñé el celular.
Rió.
-Es una gran ayuda esa cosita, te saca de muchos apuros.
-Seguro.
Ya estaba parado, le pedí una disculpa y le dije que ya me iba.
-No, espérate. A mí me dejaron sola, siéntate, acompáñame diez minutos en lo que termino mi Cosmo…
Ahí caí en cuenta que no fui perspicaz al fijarme en la mesa.
¿Quieres un cigarrillo?
De su bolsa Vuitton sacó una cajetilla cuasi llena de cigarrillos.
-¡Siempre!
Sacó uno para ella y uno para mí.
La noche con nicotina comenzaba a ser más noche buena que la noche buena.
(Continua parte II)
domingo, 17 de mayo de 2009
viernes, 15 de mayo de 2009
De los cuentos de un niño que quería ser poeta (moscas y arañas)
Cuando era pequeño tenía el don de hablar con las moscas, se arremolinaban frente a mí y me coronaban la cabeza con sus cuerpos repletos de estiércol. Con ellas tuve el primer contacto con la muerte y la resurrección de los muertos.
¡Las moscas reviven con ceniza!
Se pasan su corta vida vagabundeando en estiércol y comida, saben más de la vida que los viejos poetas que dicen escribir poesía.
Cuando era pequeño quería casarme con una mosca y vivir enamorado una semana con ella que perder toda una vida enamorando a las divas que calzan huesos.
Las moscas son fieles, humanitarias, sensuales, extravagantes y su personalidad atrae sólo a las almas similares.
Depositaban larvas en mis cabellos que se transformaban en hadas que zumbaban mientras dormía. El zumbido de una mosca era una caja de secretos melódica que sabía encontrar las palabras idóneas para estimular los cuentos que quería contar, pero no podía.
¿Cómo se cuenta un cuento cuando no se sabe hablar y la escritura está limitada por los signos de toda una vida?
La infancia que me acompañó fue solitaria.
Únicamente tenía moscas e imaginación para combatir toda esa monotonía.
Fui creciendo y poco a poco olvidé el lenguaje de mis amadas, me transformé en lo que no quería y ahora, de viejo, comienzo a escuchar palabras perdidas que flotan en el ambiente de la madrugada.
Son como baladas, tristes, oscuras y poéticas.
No son las moscas, son las arañas.
Pero desde niño les he tenido mucho miedo, porque las veía devorarse una a una a todas mis amigas.
Se comían a las moscas y sólo dejaban una costra reseca que no tenía vida y que por más que le vertía la ceniza del cigarrillo de mi madre, ya no volvían.
¿Será que las arañas se devoran las almas de sus presas?
Fue entonces que decidí comérmelas de la misma forma despiadada en que ellas se comían a mis maestros insectos.
¡Quería recuperar sus almas!
Pero la sangre de las arañas se convirtió en mi sangre y con el paso del tiempo me fui volviendo parte de ese reino de sed y hambre.
Ahora, poco a poco voy entendiendo las palabras que murmuran las arañas en medio de sus telas.
¡Me da miedo pensar en cualquiera de ellas!
Ayer por la tarde una mosca se posó en la mesa y yo simulando ser el que era le tendí una trampa para devorar sin culpa sus carnes de reina.
Cuando era pequeño sabía cuidarme de las damas de ocho patas.
¡Las moscas reviven con ceniza!
Se pasan su corta vida vagabundeando en estiércol y comida, saben más de la vida que los viejos poetas que dicen escribir poesía.
Cuando era pequeño quería casarme con una mosca y vivir enamorado una semana con ella que perder toda una vida enamorando a las divas que calzan huesos.
Las moscas son fieles, humanitarias, sensuales, extravagantes y su personalidad atrae sólo a las almas similares.
Depositaban larvas en mis cabellos que se transformaban en hadas que zumbaban mientras dormía. El zumbido de una mosca era una caja de secretos melódica que sabía encontrar las palabras idóneas para estimular los cuentos que quería contar, pero no podía.
¿Cómo se cuenta un cuento cuando no se sabe hablar y la escritura está limitada por los signos de toda una vida?
La infancia que me acompañó fue solitaria.
Únicamente tenía moscas e imaginación para combatir toda esa monotonía.
Fui creciendo y poco a poco olvidé el lenguaje de mis amadas, me transformé en lo que no quería y ahora, de viejo, comienzo a escuchar palabras perdidas que flotan en el ambiente de la madrugada.
Son como baladas, tristes, oscuras y poéticas.
No son las moscas, son las arañas.
Pero desde niño les he tenido mucho miedo, porque las veía devorarse una a una a todas mis amigas.
Se comían a las moscas y sólo dejaban una costra reseca que no tenía vida y que por más que le vertía la ceniza del cigarrillo de mi madre, ya no volvían.
¿Será que las arañas se devoran las almas de sus presas?
Fue entonces que decidí comérmelas de la misma forma despiadada en que ellas se comían a mis maestros insectos.
¡Quería recuperar sus almas!
Pero la sangre de las arañas se convirtió en mi sangre y con el paso del tiempo me fui volviendo parte de ese reino de sed y hambre.
Ahora, poco a poco voy entendiendo las palabras que murmuran las arañas en medio de sus telas.
¡Me da miedo pensar en cualquiera de ellas!
Ayer por la tarde una mosca se posó en la mesa y yo simulando ser el que era le tendí una trampa para devorar sin culpa sus carnes de reina.
Cuando era pequeño sabía cuidarme de las damas de ocho patas.
jueves, 14 de mayo de 2009
Las piernas más blancas que jamás vi sobre mis sábanas
Y yo que me pasaba hasta las tantas de la noche pensando en lo que se escondía debajo de su falda. Me quedé anonadado y simplón al ver las piernas más blancas que jamás vi sobre mis sábanas.
El resto del cuerpo tenía un colorcillo pálido con un ligero brillo magenta que difuminaba las formas esbeltas de mujer desenvuelta.
Pero las piernas…
¡Hablemos de las piernas!
Fanáticamente suaves, dedos sonrosados, uñas perfectas y cristalinas. Se movían sobre la cama haciendo piruetas muy parecidas al movimiento de las sirenas cuando hacen el amor con las ballenas.
Se perdían en la blancura de mis sábanas y se escurrían entre mis dedos mientras su boca entonaba alguna melodía intoxicada.
La dama humedecía mi cuerpo con el suyo que era tan puro como el aire que lamía nuestros murmullos.
Por la mañana, la pequeña dama se fundió con un rayo de sol y desapareció dejándome desnudo sobre la cama.
El resto del cuerpo tenía un colorcillo pálido con un ligero brillo magenta que difuminaba las formas esbeltas de mujer desenvuelta.
Pero las piernas…
¡Hablemos de las piernas!
Fanáticamente suaves, dedos sonrosados, uñas perfectas y cristalinas. Se movían sobre la cama haciendo piruetas muy parecidas al movimiento de las sirenas cuando hacen el amor con las ballenas.
Se perdían en la blancura de mis sábanas y se escurrían entre mis dedos mientras su boca entonaba alguna melodía intoxicada.
La dama humedecía mi cuerpo con el suyo que era tan puro como el aire que lamía nuestros murmullos.
Por la mañana, la pequeña dama se fundió con un rayo de sol y desapareció dejándome desnudo sobre la cama.
sábado, 9 de mayo de 2009
Enfermo de la enfermedad
Atisbo entre mis años y mis achaques que ha llegado el tiempo de pretender enamorarme de esos dolores de rodilla por las noches frías, de los reumas, de los traumas, del extravío ante los ordenadores y sus múltiples funciones.
El minutero va delante por un pelo y por más que intento atraparlo me quedo fatigado entre su fuerza de guerrero y mi ímpetu gamberro.
En vino vierto mi desatino y en letras todas mis vivencias.
Siempre discretas para evitar el exceso de cotilleo de las almas indiscretas.
Llevo la vida de un perdedor, no uno bueno, pero nunca me ha gustado ser el mejor
¡Qué días aquellos cuando aún tenía guardadas mis esperanzas!
Quisiera sólo saber, al menos…
¿Qué diablos tengo que hacer en un mundo que no quiero?
Mejor estiro los pies y con la copa en la mano y el valor de fulano me digo:
¡Todo está bien!
(Segundos de reflexión con las pestañas arqueadas)
¡Aún tienes tus veintitantos!
Si volviera a nacer, pensaría dos veces el hecho de crecer, quizá me quedaría como niño para siempre y, lo juro por lo jurable… me quitaría lo curioso y me alejaría de los libros que tanto mal le hacen a los que son susceptibles a enfermar de la enfermedad del enfermo de vida.
El minutero va delante por un pelo y por más que intento atraparlo me quedo fatigado entre su fuerza de guerrero y mi ímpetu gamberro.
En vino vierto mi desatino y en letras todas mis vivencias.
Siempre discretas para evitar el exceso de cotilleo de las almas indiscretas.
Llevo la vida de un perdedor, no uno bueno, pero nunca me ha gustado ser el mejor
¡Qué días aquellos cuando aún tenía guardadas mis esperanzas!
Quisiera sólo saber, al menos…
¿Qué diablos tengo que hacer en un mundo que no quiero?
Mejor estiro los pies y con la copa en la mano y el valor de fulano me digo:
¡Todo está bien!
(Segundos de reflexión con las pestañas arqueadas)
¡Aún tienes tus veintitantos!
Si volviera a nacer, pensaría dos veces el hecho de crecer, quizá me quedaría como niño para siempre y, lo juro por lo jurable… me quitaría lo curioso y me alejaría de los libros que tanto mal le hacen a los que son susceptibles a enfermar de la enfermedad del enfermo de vida.
viernes, 1 de mayo de 2009
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