
Me gusta tomar cerveza helada y hablar sobre la atorrancia. Me gusta el olor de la madrugada y el fulgor arrebolado del atardecer.
Me gusta escribir y desnudar mis letras a los ojos ávidos de palabras.
Libros, pinturas, juguetes, viajes, bares, música… los fantasmas.
Hace 10 años comencé escribiendo cuentos sobre espectros y seres anormales. Los espíritus que habitaban en la casa vieja en el centro de Comitán me educaron de manera indirecta y me hicieron más sensible al tema.
Moraban en las habitaciones, en la vieja bodega, en los zaguanes, sobre las pilas de leña y algunos deambulaban por el sitio. Esos eran los peores. Eran feos y tenían la pinta de vagabundos y no hacían más que estar echados sobre el monte lanzando groserías cuando pasaba por ahí.
Si iba acompañado no podía verlos sólo sentirlos y por la noche no podía salir solo al baño porque de alguna manera se transfiguraban en algo horrible que aún no puedo describir con precisión. Nunca los vi a luz de luna, pero de alguna manera sabía que se transformaban en algo que no era bueno. El sólo hecho de pararme a unos metros de la puerta que daba al sitio me hacía sentir mareos y las piernas comenzaban a temblarme.
Es como saber que en la habitación de al lado está un asesino con un puñal afilado esperando a que entres para hacerte pedazos.
Los otros ni eran buenos ni malos, simplemente vivían con nosotros en una vida paralela que hasta ahora voy asimilando. Solamente supe el nombre de uno de ellos. Era viejo y tenía la mirada penetrante y las vestimentas elegantes.
Apolinar San Cristóbal.
Don Apolinar siempre salía temprano a la calle y regresaba exactamente a las seis menos cuarto de la tarde. Su paso siempre era apresurado. Se metía a la bodega y no salía hasta el día siguiente.
Todos eran hermosos y las mujeres muy robustas y con pinta de extranjeras.
Los niños se escondían detrás de los pilares cuando pasaba cerca de ellos y algunos hacían su guarida en un estante apolillado donde mi abuela guardaba revistas y periódicos viejos.
Siempre creí que era parte de mi imaginación o por las historias que me contaban pero eran reales.
Las casas de mis compañeros también tenían fantasmas pero no sentía nada peculiar con ellos. Una vez vi a la madre de un amigo asomándose por su habitación para vernos. Hacíamos tarea en equipo y yo estaba recostado en su cama leyendo un libro.
Apareció con una sonrisa tímida, vio con ternura a su hijo y se fue. No reparó en nadie más.
Ella había muerto un par de años atrás.
Nunca se lo dije a nadie.
Dentro de esta casa no hay fantasmas y en las calles sólo hay pasos. En la esquina hay un crucifijo viejo que pusieron los vecinos muchos años atrás para protegerse de los espectros.
El único contacto que he tenido es con mi abuela y ha sido solamente una vez:
Yo estaba en mi habitación de madrugada y ella había muerto 6 meses atrás. Comenzó a llamarme y con paso presuroso fui a su habitación, ella estaba sentada en el sillón de siempre y con un suéter verde que usaba a menudo. Cuando me vio extendió sus brazos y comenzó a reír. Corrí a abrazarla. Estando aferrado a ella me dijo que no me preocupara que ella estaba bien con el abuelo y con los demás. Que nunca tuviera miedo y que no volvería más para no asustarme.
Después de ese encuentro me sentí más tranquilo pero efectivamente ella no ha vuelto.
Por su habitación siento pasos y presencias pero se van muy rápido.
¿Será que ella los aleja?
Sólo hay arañas, malévolas arañas.
Me gustan los fantasmas y hace mucho que no veo a ninguno.
¿Aún vivirá en la casa vieja Don Apolinar?
Debo volver allí y saber si aún puedo caminar con los muertos.
Me gusta escribir y desnudar mis letras a los ojos ávidos de palabras.
Libros, pinturas, juguetes, viajes, bares, música… los fantasmas.
Hace 10 años comencé escribiendo cuentos sobre espectros y seres anormales. Los espíritus que habitaban en la casa vieja en el centro de Comitán me educaron de manera indirecta y me hicieron más sensible al tema.
Moraban en las habitaciones, en la vieja bodega, en los zaguanes, sobre las pilas de leña y algunos deambulaban por el sitio. Esos eran los peores. Eran feos y tenían la pinta de vagabundos y no hacían más que estar echados sobre el monte lanzando groserías cuando pasaba por ahí.
Si iba acompañado no podía verlos sólo sentirlos y por la noche no podía salir solo al baño porque de alguna manera se transfiguraban en algo horrible que aún no puedo describir con precisión. Nunca los vi a luz de luna, pero de alguna manera sabía que se transformaban en algo que no era bueno. El sólo hecho de pararme a unos metros de la puerta que daba al sitio me hacía sentir mareos y las piernas comenzaban a temblarme.
Es como saber que en la habitación de al lado está un asesino con un puñal afilado esperando a que entres para hacerte pedazos.
Los otros ni eran buenos ni malos, simplemente vivían con nosotros en una vida paralela que hasta ahora voy asimilando. Solamente supe el nombre de uno de ellos. Era viejo y tenía la mirada penetrante y las vestimentas elegantes.
Apolinar San Cristóbal.
Don Apolinar siempre salía temprano a la calle y regresaba exactamente a las seis menos cuarto de la tarde. Su paso siempre era apresurado. Se metía a la bodega y no salía hasta el día siguiente.
Todos eran hermosos y las mujeres muy robustas y con pinta de extranjeras.
Los niños se escondían detrás de los pilares cuando pasaba cerca de ellos y algunos hacían su guarida en un estante apolillado donde mi abuela guardaba revistas y periódicos viejos.
Siempre creí que era parte de mi imaginación o por las historias que me contaban pero eran reales.
Las casas de mis compañeros también tenían fantasmas pero no sentía nada peculiar con ellos. Una vez vi a la madre de un amigo asomándose por su habitación para vernos. Hacíamos tarea en equipo y yo estaba recostado en su cama leyendo un libro.
Apareció con una sonrisa tímida, vio con ternura a su hijo y se fue. No reparó en nadie más.
Ella había muerto un par de años atrás.
Nunca se lo dije a nadie.
Dentro de esta casa no hay fantasmas y en las calles sólo hay pasos. En la esquina hay un crucifijo viejo que pusieron los vecinos muchos años atrás para protegerse de los espectros.
El único contacto que he tenido es con mi abuela y ha sido solamente una vez:
Yo estaba en mi habitación de madrugada y ella había muerto 6 meses atrás. Comenzó a llamarme y con paso presuroso fui a su habitación, ella estaba sentada en el sillón de siempre y con un suéter verde que usaba a menudo. Cuando me vio extendió sus brazos y comenzó a reír. Corrí a abrazarla. Estando aferrado a ella me dijo que no me preocupara que ella estaba bien con el abuelo y con los demás. Que nunca tuviera miedo y que no volvería más para no asustarme.
Después de ese encuentro me sentí más tranquilo pero efectivamente ella no ha vuelto.
Por su habitación siento pasos y presencias pero se van muy rápido.
¿Será que ella los aleja?
Sólo hay arañas, malévolas arañas.
Me gustan los fantasmas y hace mucho que no veo a ninguno.
¿Aún vivirá en la casa vieja Don Apolinar?
Debo volver allí y saber si aún puedo caminar con los muertos.

