lunes, 7 de septiembre de 2009

De cómo se termina un martirio

Despertó con la melancolía de siempre.

Para joderla aún más aquel maldito cabrón roncaba más allá de los límites de la razón.

A sus veintiún años aquél cazador de viudas ya tenía un humor de la mierda.








Humor de la mierda si se peleaba con su padre,

humor de la mierda si le dejaban mucha tarea,

humor de la mierda si tenía hambre,

humor de la mierda si la ducha estaba fría,

humor de la mierda si el celular de ella sonaba,

humor de la mierda si no le remuneraba lo que le pedía,

humor de la mierda si el puto sol no salía.








Despertó paladeando el odio.

Cada ronquido de aquel cabroncito era una invitación al delito.


Se levantó con sigilo y fue al buró magenta a buscar bajo las prendas aquel revolver que guardaba con tanto cariño.








El gatillo le dio el privilegio de no volver a escuchar esos putos ronquidos.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Se conocieron en un recital poético




Ella estaba sentada.
Tenía las manos bañadas en sangre por el ramillete de espinas que llevaba como ofrenda a la mujer poeta.
Reposaba la mirada sobre sus pies desnudos mientras acompañaba la métrica poética con rigurosa pleitesía.



La vio.
Desde su butaca olfateó el olor de su sangre y con el sigilo característico de los muertos se levantó para ir en busca de su alimento.
Se paró frente a ella con absoluta soberbia.



Lo vio.
Parecía un niño apenas unos años mayor que ella.



Intermedio.
Con la timidez de infancia que después de tanto tiempo no olvidaba pero con la majestuosidad que dan los años se arrodilló con reverencia y la tomó de las manos.
Comenzó a lamerle las heridas.
La niña comenzó a sentir una excitación muy diferente a la de siempre, sus piernas comenzaban a temblar y sus senos infantiles palpitaban a la frecuencia próxima al pecado.
Comenzaba a exprimirse las manos para darle más sangre al extraño niño que le lamía las heridas.
Cuando no hubo más, aquel caballerito sacó un pañuelo y le limpió con cariño las manos.
Ella se levantó el vestido y con una espina trazó un “Gracias” sobre su pálido muslo izquierdo.
Él lamio su pierna con ternura y después le dio un beso y con la lengua le embarró los labios de sangre.



Se fue.
Tan rápido que ella estuvo a punto de pensar que había sido un sueño, pero la sangre en su pierna, la sensación en sus manos y la humedad entre sus piernas eran los testigos de lo acontecido.



Eterna.
Tenía catorce años cuando entregó su cuerpo desnudo al amor de su vida y se volvió eterna y comenzó a alimentarse de heridas.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Tengo una rutina vespertina para amarte (memorias de una dama)

Carta de un él a una ella.


En cada eco de mis pasos por Comitán está el eco de los tuyos, en cada sombra que construyo en mis paredes está la tuya tan desnuda como siempre.

El recuerdo es la psicofonía de tu cuerpo bailando como serpiente sobre las sábanas, con el rostro perdido en los restos del mar de caricias pendientes.

Cuando tu mente se pierde me vuelve a encontrar en aquel viejo rincón de libros oxidados y es entonces que retorna el amor que jamás habíamos olvidado.

Me gusta saberte indiferente porque indiferencia es la impertinencia que hace del amor un parasiempre.No quiero vivir lo que me resta de vida a tu lado, quiero vivir contigo lo que pueda -¡pero!-

completamente enamorado.



Confío tanto en ti como tú confías en el juramento de amor que todos los días gritas a mi balcón.

Admiro a tus pretendientes por no olvidarte y ser la paja de relleno en esta historia de dos que siempre suman más de cuatro.

Esta tarde te tengo un regalo y podrás tenerlo si aceptas seguir siendo mi justicia poética.

¿Qué dices, seguimos siendo amantes?


Decirte que te amo es inverosímil cuando a cada momento tu corazón sabe que lo hago.

Tengo una rutina vespertina para amarte (memorias de una dama)

Me olvido de ti en las mañanas para no acordarme de tu olvido y así por las tardes -sin temor- poder matarte.
Quiero dejar de verte como un sueño que no invierte.
¿Realmente valió la pena perderme por indecente?

A veces.

Quisiera devorar una vez más los besos que cuelgan de tus labios, beber con sed los suspiros de tu boca olvidando cada uno de tus engaños.
Mi recuerdo entierra tu nombre pero mi cuerpo no miente cuando por las noches me grita que no olvida el olor de tu simiente.