miércoles, 3 de septiembre de 2008

Citlali

Del breve encuentro con una estrella que sabe tonificar la í en mi apellido



I got my feet on the street but I can’t stop flyin’,
My head is in the clouds but at least I’m tryin’
_Noel Gallagher


I


Eran las seis y tanto.

Caminaba…

Esperando el momento de encontrar de frente a la mujer que con tanto encanto despintaba las palabras de mi frente. Aquella que permitía mis halagos impertinentes.
Poetas, pintores y rapaces aún peores habrán sabido piropearle con mayor ritmo y pleitesía.

Con pasos lentos pero bailables, iba siguiendo una línea inquieta en el pavimento. Escuchando a las nubes tocar ese piano con influencia a jazz a través del viento que acariciaba mi cuerpo con mucho furor, con mucho desconcierto.

Aplaudiendo un soul que salía de los poros abiertos de los árboles que se nutrían con las alas tonales de una marimba platónica y morena como la piel de las manos que la sabían tocar.

(Como se toca a la mujer que se desnuda para regalarnos la melodía quimérica de su miel en agonía)

Me iba quitando con las garras, los minutos que se morían ahogados en el sudor de mi piel.

Caminaba con gafas de sol para ocultar los ojos de limón que se me ven antes de que se duerma el sol.

El corazón sabía delatar mi mitomanía de tranquilidad y relajación. Mis manos tenían un monólogo cortesano ante mis pies y mis labios sabían guardar pleitesía al silencio de mis palabras.

Pillaba mariposas muertas para cambiárselas por miradas eternas o sonrisas perfectas.
Los gritos de mis pasos se perdían en la mullida cotidianidad de los coches.


II


Eran las siete y tantos.

La vi, tan altiva y deslumbrante,
con una corona de tul inefable.
Sonreía soberbia y amable,
alumbrando su hermoso semblante.

En el vórtice de mi agorero sueño creí ver caminar a las estrellas con la gracia de un par de piernas y unos pies que sabían besar con mucho trino al suelo.

Tenía la mirada serena
que guardaba en un pedestal
de viento disfrazado de cristal,
sueños y arena.

Dulce rubor que colmó los años disfrazados de minutos en la espera de ver frente a mí a la mujer que ahora pintaba nuevas palabras en mi frente.

La dueña del algodón de azúcar que cantaba desde mi balcón melodías con diabetes y danzón. La que me regaló un tocado con la pantalla de Ruperta: su viejo ordenador.

Mis vigilias fueron compartidas con las suyas en madrugadas de múltiples tonadas, con la mente elucubrando fantasmas que supieran recitar un poco de poesía.

En mi estado incongruente vi un desfile fosfenomático de formas extrañas: arañas que caminaban con zapatillas de baile, moscas con guirnaldas de betún anaranjado y bastoncillos de menta que se arrastraban a sus pies reverenciándola como a una reina.

Pude haberme hincado y con los ojos exorbitados tras la intimidad de unos lentes polarizados recitar estas palabras que no había ni (siquiera) creado. Pero seguramente ella, al ver tal excentricidad, se hubiera largado.

Así que decidí saludarla con el más común de los “Holas” avergonzado de mi propia inopia de algarabía.

Le ofrecí un cigarrillo -chueco y acalorado por el calor de mi sudadera- y comenzó el festín de palabras que siempre muy amable y atenta, a lo largo de toda la noche me regaló.

Tan musa y tan divina
Dejó prendido el motor
absurdo de mi mejor
Imaginación vespertina.

Le regalé un carrete fotográfico para que guardara sus pensamientos de estrella.

Me dijo “Soy una de ellas aunque parece que nací de las lágrimas de la luna”.

El reloj -aunque traté de detenerlo- nunca dejó de caminar.


Eran las tres y tanto.


Cuando ese taxi arrancó llevándose a la bruma de mi razón, se llevó también gran parte de mí corazón.

1 comentario:

anahiris dijo...

Mi qerido y amado ermano

q istoria enserio

esta asi de k te yega

jeee....


besos umedos.....