
Antes de dormir le gustaba ver pornografía mientras apretaba sus muslos bajo su falda imaginando que era ella quien estaba desnuda con la lengua enrollada en la monstruosa erección de un cualquiera.
Aún no había probado la diferencia entre su almohada y una mano fulana que le robara con maestría algunos gritos bajo sus sábanas.
Cada noche soñaba que algún desconocido entraba por la ventana y la veía tendida sobre su cama con las piernas abiertas y los senos desnudos floreciendo con la caricia de la luna. Se desvestía y sin más preguntas comenzaba a recorrer su lengua sobre su cuerpo. Comenzaba a destrozar sus piernas con rasguños y las abría con una urgencia más cruel que la suya.
Fuego rígido penetraba en ella y su vientre se volvía mares que escurrían sobre sus piernas. Sus sábanas se tornaban rojas y sus uñas abrían agujeros en su colchón tratando de desviar esa extraña sensación que electrizaba su piel.
Imaginaba que el extraño de la ventana le mordía el cuello mientras navegaba en sus aguas vírgenes y le desgarraba una infancia perdida antes de tiempo.
Mientras dejaba volar la imaginación deslizaba sus bragas empapadas lentamente sobre sus piernas y las depositaba a un lado de su almohada. Su mano comenzaba a sumergirse en su vientre.
El extraño la tomaba del cabello y la acomodaba de manera que su cara quedaba aplastada sobre su almohada y le levantaba las caderas para volver a entrar en ella sin el mínimo recato que se merecen las doncellas.
Ligeros gemidos brotaban de sus labios de niña y sus senos parecían pequeños globillos a punto de estallar.
La imaginación le tendía trampas que acalambraban a su cuerpo y le inyectaban una energía extraña que aún no entendía del todo.
Colocaba sus dedos sobre sus labios imaginando la felación y sus piernas se arrastraban sobre su colchón buscando alivio a esa emoción que la trastornaba.
Trataba de silenciar sus ruidos de cama para no despertar a sus padres, para no alarmar a su hermana pero las emociones la traicionaban.
Cogió el envase de perfume que tenía bajo su almohada y con pasión lo introdujo entre sus piernas. El frío del cristal sobre el ardiente mar provocó una explosión instantánea que estalló por todo su cuerpo.
Las pupilas se dilataron, los senos estallaron, la espalda se arqueo y su garganta hizo lo posible para suprimir un aullido y sus sábanas quedaron empapadas del líquido del deseo.
Débil y desnuda imaginaba al extraño salirse por la ventana con el cuerpo radiante en esquirlas salinas.
Guardó nuevamente el envase que usaba para esas labores de dama y sin preocuparse de nada más cogió a su peluche y se durmió en medio de la madrugada.