lunes, 19 de octubre de 2009

Víspera de resplandores

I

Eran las 5 de la madrugada y doña Francisca acudió puntual a su cita con la mecedora ubicada en el balcón oriente de su casa. Siempre acompañada de la vieja taza de barro que usaba para el café.
La mañana estaba fría y cubierta por un hermoso telón de niebla. El cristal de sus anteojos se bañó con gotitas de agua mientras sus ojos inmóviles observaban un paisaje que parecía estar más allá de Comitán y las estrellas.
Parecía una estatua de cera hundida en sus recuerdos. Volvió a la noche en que salió huyendo de la mansión de su hermano para refugiarse en la casita de Romita –Romelia-. Quien había sido su nana por muchos años hasta que su hermano la echó por vieja.

"Romita –le dijo mientras la abrazaba-. Ya no quiero regresar"

La vieja vivía sola y se enteró de muchas cosas de la familia San Cristóbal. Sabía que Francisca tenía cierta habilidad para hablar con los muertos. A veces mientras limpiaba la casa veía a un viejo de buenas ropas cuidarla en su cuna mientras dormía. Tenía aspecto de extranjero y su sombrero estaba lleno de luces muy bonitas. Siempre dejaba oliendo a flores cuando se desaparecía.
Por alguna razón, nunca le dio miedo.
Apolinar era callado, no tenía amigos y estaba amargado. Si alguien se burlaba de él misteriosamente caía enfermo o le comenzaban a pasar desgracias increíbles.
Una noche Romelia soñó con el infierno y vio a Apolinar caminando en el fuego arrastrando petates con huesos. Por más que lo llevaba a misa y le inculcaba el catecismo, él seguía haciendo maldades y hablando con el diablo –que según él, era su amigo imaginario.
La vieja sabía que tarde o temprano Francisca saldría de ese lugar que su hermano había embrujado.
La abrazó muy fuerte y la metió a su casa.
Ahí vivió por algún tiempo hasta que su protectora murió de vieja mientras dormía feliz por haber celebrado otro año nuevo "Con la gracia de Dios".
Ella sabía que la vieja se iría esa noche, había visto su resplandor y sabía lo que pasaría.

"Hay Romita… que Dios te guarde".

Cuando la muerte entró al cuarto de Romita para llevársela, Francisca entró de improviso, quería verla de frente. Cuando salió de la habitación su cuerpo y su alma habían envejecido de forma sorprendente.
Francisca había vivido en la opulencia hasta que huyó de la casa de su hermano. Cuando llegó con su nana aprendió a vivir con un poquito menos de lo necesario y comenzó a valorar cosas que antes le parecían irrelevantes. Desde pequeña había sido bien educada por Romelia y nunca se enamoró del lujo y el oro como su hermano Apolinar de quien sospechaban que había vendido su alma al diablo para aumentar su fortuna. Romelia siempre fue muy discreta en esos asuntos, cuando le hacían preguntas mandaba a todos al diablo y les decía que esas pendejadas no existían en Comitán.
Francisca encontró trabajo como sirvienta en la casa de don Óscar, un viudo y poderoso caballero español que había sido militar. Tenía su residencia en San Sebastián a la cual llegaba muy pocas veces al año. Su trabajo consistía en viajar y viajar.
Francisca poco a poco se ganó un lugar entre el ejército de sirvientes que trabajaban en la casa. Se volvió la nana de Rebeca y Rodolfo los hijos del patrón. Los demás no se tomaban el tiempo necesario para platicar con ellos. Con la llegada de Francisca todo eso cambió. Los adoptó, cuidó y educó como a sus propios hijos transmitiéndoles lo que Romita le había enseñado. Bailaba mucho con ellos y les contaba muchos cuentos.
Pero el tiempo no pasa en vano y entregó su juventud a una familia como lo había hecho su madre adoptiva. Pero a ella no le fue tan mal. Cuando se hizo demasiado vieja para poder trabajar, Rodolfo le construyó una modesta casita cerca de la suya y le dio una pequeña pensión de por vida con la que podría vivir tranquilamente el restos de sus días. "Su padre que en paz descanse asi lo hubiese querido".
Eran las seis y cuarto de la mañana y había comenzado a lloviznar. Doña Francisca se levanto de su mecedora por un cigarrillo y lo prendió placenteramente sentada de nuevo en su balcón. En una sonrisa dejó ver sus dientes amarillos. Había visto el resplandor por un segundo y no pudo evitar una carcajada que hizo que se le cayera el cigarrillo de la boca.
Se levantó y se sirvió un tamal de mole y otro poco de café humeante. Era hora de comer antes de ir a descansar.
Había visto el resplandor y sabía lo que pasaría.
Metió la mecedora a su cuarto y se acomodó en ella, se quitó los anteojos y buscó debajo de su almohada un frasquito relleno con sangre de gallina, la bebió y se acomodó para dormir para soñar con claveles.

3 comentarios:

°Saudade° dijo...

Quiero leer ya la siguiente parte!

ya pronto?????

quiero magia... recuperarla =(

jijiji

besos

Daniel Saborío dijo...

Al rato la parte 2

anahiris dijo...

wuuaauu!!!
mi hermano

ahora ya puedo escribir y ya no mas puntitos como me dijiste jaja..